Libres y regios

La Selección Mexicana vivió en Monterrey una jornada memorable, afición inigualable y un amor refrendado

No solo lava vive la reputación de un volcán; hay de explosiones a explosiones, algunas que se hacen esperar; más libres que nunca y más locos por los colores verde, blanco y rojo que por el tradicional amarillo y azul. El Estadio Universitario volvió a recibir un partido de Selección Mexicana… 10 años después.

Si, ese estadio que trae recuerdos tan amargos como lejanos, ese escenario de l eliminación ante Alemania en el 86, el del partido que desató una tormenta mediática en 2010, ese que importó la “ola” al futbol, ese que por fin encontró la redención con el Tri.

Episodio brutal, condena absuelta. El “Uni” parecía estar por debajo de las expectativas antes de que iniciara el encuentro: la indiferencia neoleonesa u la apatía en taquillas parecía remitir un duro golpe al Tri en una de las plazas menos indolentes y más apasionadas por la escuadra mexicana.

De locos, de libres, un volcán que se negó a emitir modestas fumarolas y que volvió a expulsar olas, como las del 86 en una noche que parecía estar llena de celebraciones, nada ni nadie podría arruinar la fiesta regiomontana, ni Bryan Ruiz o Campbell con sus goles, mucho menos Keylor Navas con sus atajadas.

¿Cuál es el abucheo más dulce que puede existir en el futbol? Solo el que viene después de que la visita gane. El guardameta del Real Madrid robó los vítores a hombres como Hirving Lozano, Raúl Jiménez o a los tres hijos privilegiados de la casa Tigres (‘Chaka’ Rodríguez, Damm y Dueñas). La nobleza excedió al odio, incluso pocos se atrevieron a dar el famoso y prohibido grito que se da cuando un “inocente y pobre” portero comete la osadía de despejar desde su meta.

El repertorio de vivas incluyó el hecho de que el “Chuky” Lozano escuchara su arenga por primera vez en territorio mexicano. Al igual que las olas, el Universitario tendría la encomienda de importar ahora al país el famoso grito del Mundial en Rusia con una tonada que solo Jack White podría dar.

En esa banca desde la cual, dirige casi cada 15 días, Ricardo Ferretti faltó a la premisa de darle al público lo que quiere: no hubo “El Chuky Lozano” en cancha, pero si que debutó a Gudiño y dio minutos a Henry Martín y Raúl Jiménez, todos aplaudidos como si se tratasen de Walter Gaitán o Antonio Sancho.

Ya cuando los “ Cielito lindo” se habían acabado y parecía que el volcán había arrojado su última piedra, Ferretti bajó la pelota como si hubiera sido un brasileño en el Estadio Azteca durante 1970, el último vestigio de una velada volcánica, de Tigres y Rayados por igual, de libres, de locos y de una ciudad que refrendó su amor eterno con su selección, 10 años después: el amor nunca muere.

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